miércoles, 12 de octubre de 2011
lunes, 10 de octubre de 2011
. Lunario V . -WELCOME TO HOLLOWAY COLLEGE-
Eran
las nueve menos cuarto de un nublado diez de septiembre.
El
despertador digital sonó por tercera vez. Evan se retorcía entre
las sábanas, ocultando su cabeza bajo la almohada. Se estaba tan
bien en aquella cama mullida…
-Evan,
¡otra vez! –exclamó Klaus, con cierta severidad.
-Hmm…
Solo cinco minutos… -el muchacho entreabrió los ojos, aún
adormecido, y cogió el despertador para apagarlo, cuando el
parpadeante ‘9.45’ de su pantalla se quedó grabado en su
retina-. No… ¡No puede SER! ¡Es tardísimo!
–vociferó.
El
chico se puso en pie de un salto y corrió hacia el armario como alma
que lleva el diablo, abriéndolo y sacando su uniforme. El fantasma
dejó escapar una dulce risita, mientras se acomodaba en la cama.
-Eres
un desastre… ¿De verdad que eres el mismo estudiante aplicadísimo
que siempre llega puntual y saca unas notas impecables?
-Incluso
al mejor de los estudiantes se le pegan las sábanas –respondió
Evan, muy digno. Se desnudó rápidamente y comenzó por abrocharse
la camisa, haciéndolo tan rápido que se equivocaba de botones. Le
daba algo de pudor cambiarse delante de Klaus, pero aquel día no
podía permitirse perder tiempo.
Ya era tarde.
Sin quitarle ojo a la hora, se anudó la corbata y se puso el jersey.
Después cogió la mochila, apoyada junto al espejo, que con tanto
esmero había preparado el día anterior-. Seguro que los demás se
han marchado ya… ¡No hay nada más lamentable que llegar tarde el
primer día!... ¡Y mucho más siendo nuevo!
-Que
no sea porque no he intentado avisarte –suspiró el fantasma.
-Sí,
lo siento, Klaus, ¡no volverá a pasar! –y Evan salió por la
puerta. Bajó las escaleras a trompicones, casi tropezándose, y se
precipitó por el pasillo cuando se encontró a Gabrielle saliendo de
su cuarto. Parecía haber acabado de ducharse en aquel preciso
momento, pues, como de costumbre, se tapaba con la toalla, bien
sujeta. La vampiresa también pareció sorprenderse al encontrarse
con el muchacho en la casa y, enrollando los dedos en su empapado
cabello, le habló con cierto despecho.
-¿Pero
es que todavía no te has ido?
-¿Y
qué hay de ti? –contestó Evan con rudeza-. Vamos tarde, ¡vístete,
por Dios!
Gabrielle
hizo un mohín de enfado y volvió a su habitación, cerrando la
puerta con un fuerte golpe. El chico, en cambio, bajó las escaleras
del vestíbulo, nervioso como pocas veces había estado en su vida.
Abrió la puerta del salón y vio a Clave sentado solo en la mesa
vacía. Tenía una tostada en la mano, a la que daba pequeños
mordiscos. Oculus jugaba dando vueltas de un extremo de la mesa a
otro, con cuidado de no chocar con un vaso lleno de zumo de naranja.
-Buenos
días, Evan, tú y yo iremos a Holloway College juntos, ¿verdad?
–preguntó, indiferente, mientras se llevaba la tostada a la boca y
la empujaba con un trago de zumo-. Después de todo, somos los nuevos
estudiantes del curso.
Evan
estaba a punto de colapsar.
-Pero
a ver… ¿Has visto la hora que es? ¡Cómete eso rápido, tenemos
que irnos YA! –el ente asintió y abrió la boca de par en par
mostrando su imponente dentadura, como cuando mordió el brazo de
Evan hace unos días. Se metió la tostada entera a la boca y la
ingirió en un santiamén-… Muy bien, Clave.
El
chico se metió en la cocina y rebuscó algo de comer en los cajones.
Por lo menos, esperaba encontrar algo que llevarse a la boca de
camino al colegio. Dio con una caja de barritas energéticas y se
metió una en el bolsillo, mientras abría la otra y le daba un
mordisco.
-Ya
estoy, Evan –Gabrielle abrió la puerta con el ceño fruncido, como
era característico en ella.
-Perfecto,
¡vámonos! –éste exaspero ante la parsimonia de Clave y lo agarró
del brazo, tirando de él al exterior de la mansión. La vampiresa
sacó un manojo de llaves y cerró la puerta con una de ellas, larga
y oxidada. Entonces los tres se encaminaron hacia Holloway College.
El
colegio en cuestión, de enorme prestigio según había oído Evan,
estaba ubicado en Holloway Road, no demasiado lejos de Highbury
Crescent. No obstante, tenían un mínimo de cinco minutos a pie.
Iban a un paso bastante rápido, por lo que Evan se relajó un poco.
Se fijó en el precioso uniforme que vestía Gabrielle. La camisa era
igual que la suya, pero en lugar de con una corbata, su cuello estaba
adornado por un delgado lacito rojo. Vestía una falda que llegaba
hasta las rodillas, y que se ceñía como un apretado corsé por los
que ella sentía tanta devoción. Las piernas iban cubiertas por unas
medias negras de nylon, y su calzado, a diferencia de los mocasines
de Evan, consistía en unos elegantes zapatos rojizos, con un poco de
plataforma. Gabrielle terminaba el conjunto con un enorme lazo rojo a
juego en el pelo.
Ésta
se dio cuenta de que Evan no le quitaba los ojos de encima, y se
enfurruñó.
-¿Qué
pasa? –preguntó disgustada.
-Nada
–el chico ladeó la cabeza, evitando los ojos de ésta-. ¿Dónde
está Velvet? Podría haberme despertado esta mañana.
-¿Velvet?
Ahora mismo estará en un avión de camino a Copenhague –explicó
Clave. Evan abrió la boca para contestar, pero prefirió escuchar
antes de decir nada. ¿Copenhague? ¿Sin avisar?-. Ayer recibió una
llamada del señor Mathias Köhler y se ha marchado inmediatamente.
Al parecer queda algún asunto que hablar con él sobre la compañía,
pero volverá hoy mismo, rondando a las once de la noche.
-Hum…
-Evan asintió secamente con la cabeza. Era posible que Velvet
tuviese que hablar con aquel hombre, Mathias Köhler, sobre él, y
eso le incomodaba un poco. Después de todo, él era el
pez gordo,
por así decirlo, de la WPA, y su criterio estaría por encima del de
cualquier otro. Por el momento, prefirió ignorar el tema. Ya tendría
noticias cuando su tío regresase de la capital danesa-. Y otra cosa…
¿Por qué no lleváis libros? -Gabrielle y Clave intercambiaron una
mirada de sorpresa y disimularon una risita que el chico fue incapaz
de comprender.
-Evan…
¿No sabes que hoy es el día de la presentación? ¡No hacen falta
libros! Hoy conoceremos a nuestro tutor y haremos poco más. Te has
traído la mochila para nada, bastaba con papel y un bolígrafo…
-la vampiresa le miró divertida. El chico se ruborizó y bajó la
mirada, sintiéndose como un completo estúpido.
El
trayecto continuó en silencio. La gente cruzaba Holloway Road con
sus maletines y sus cafés en la mano, precipitándose hacia el viejo
edificio de la estación de metro, de color granate. El ajetreo era
incesable aquella mañana. Mientras Evan, Clave y Gabrielle caminaban
por la acera, los pasos, el vocerío y los pitidos de la carretera
formaban la música de fondo
Holloway
Road era una dinámica zona residencial, comercial y de negocios.
Había edificios altos, probablemente de grandes comercios, y a su
vez había pequeñas tiendas con sus clásicos toldos de colores,
dando un aire de vivacidad al lugar. En algunas paredes había
enrevesados graffitis,
que aunque a Evan en general no le gustaban, tenía que admitir que
aquellos eran una verdadera obra de arte. Según tenía entendido, al
igual que King’s Cross y Highbury, era éste un distrito
perteneciente al municipio de Islington, en el Norte de Londres del
llamado Londres
interior.
El chico conocía tan poco sobre la ciudad que le parecía imposible
que todavía le quedasen miles de sitios por visitar allende la
capital inglesa.
Cerca
de la estación de metro había un cartel que señalaba el Campus
Norte de la Universidad Metropolitana de Londres.
-Holloway
College está prácticamente al lado –explicó Clave. Su
respiración era tan molesta como de costumbre, como si le costase
horrores respirar. A su lado, incluso Darth
Vader
era menos ruidoso-. También está cerca la Torre, el edificio más
alto de esta zona.
Se
abrieron paso por una calle arbolada, en la que las primeras hojas
doradas caían bailoteando a merced del viento. Faltaba poco para el
otoño, y se notaba en el tiempo. Hacía más frío que de costumbre,
y el sol jugaba al escondite con las nubes. Al fondo del camino se
podía divisar una enorme construcción, que Evan supuso que sería
su futuro colegio.
El
edificio en sí parecía muy antiguo, pero no obstante, muy bien
conservado. Estaba hecho de madera y piedra grisácea, lo cual hacía
un curioso contraste. Resultaba colosal y sofisticado. Había tantas
ventanas delgadas por piso que Evan ni se molestó en intentar
contarlas. También contaba con un amplio balcón sobre la entrada,
en el centro del colegio, ornamentada con unos soportales que cubrían
la entrada y la hacían majestuosa.
Holloway
College estaba rodeado por enormes campos verdes, arbolados y con un
césped cuidado y reluciente: el trabajo de sus jardineros había
sido impecable. Numerosos caminos se abrían entre la amplia
vegetación, formando un bonito paseo. Al fondo del lugar, a lo
lejos, se distinguían múltiples establecimientos deportivos, tales
como canchas de tenis o de baloncesto.
No
cabía la menor duda de que se trataba de un centro de estudios
lujoso que ofrecía una amplia variedad de actividades diversas.
Evan
no podía hacer más que observar maravillado la belleza de Holloway
College. No tenía nada que ver con su antiguo centro; éste tenía
mayor presencia, y una elegancia sin par.
En
la entrada, los últimos alumnos entraban sin apartar la vista de las
manecillas del reloj; los profesores daban la última calada a sus
cigarrillos antes de depositarlos en selectos ceniceros de la más
exquisita plata. Súbitamente, el muchacho notó un tirón en su
brazo derecho.
-Tienes
todo el curso para admirar este colegio, ¡así que céntrate en
llegar puntual el primer día! –le espetó Gabrielle, frunciendo el
ceño con fuerza. El muchacho torció los labios, molesto. Si la
señorita no se hubiese eternizado preparándose, probablemente los
tres estarían sentados en sus respectivos pupitres. Pero la
vampiresa no pestañeó y tiró de él y de Clave.
En
cuanto cruzaron la verja de la entrada Evan sintió un azoramiento
extraordinario.
Se
desorientó durante unos segundos que se le hicieron eternos, con la
vista algo nublada, y miró a Gabrielle y Clave, confundido. Entonces
notó que ninguno de ellos representaba los rasgos paranormales de
siempre. Los ojos de la vampiresa, rubí encendido, estaban más
apagados que de costumbre y parecían casi purpúreos. No llamaban la
atención apenas, y no eran ni un cuarto de amenazantes.
Las
cosiduras de Clave habían desaparecido y parecía que nunca hubiesen
estado allí. La piel del muchacho era pulcra como la de cualquier
humano corriente. Los mechones de cabello azul que estaban cosidos a
su pelo natural parecían mechones teñidos.
No
había rastro de aquellas facciones sobrenaturales. Ni en Clave, ni
en Gabrielle. No obstante, ninguno de ellos parecía dispuesto a
explicarle lo que acababa de suceder.
Más
bien, habían ignorado su asombro y continuaban su camino como si
nada hubiese sucedido.
-¡Oh!
Mira, parece que os están esperando.
En
la entrada una voluptuosa mujer había salido a su encuentro. Su
cabello bermellón flameaba al arbitrio del viento, y sus grandes y
redondos ojos, de un añil delicioso, los observaban amablemente.
Vestía un uniforme con falda azul oscuro, y sus piernas estaban
cubiertas por unas medias largas de color blanco, sujetas con un
liguero.
La
desconocida saludó con la mano mientras se acercaba a ellos y posaba
los ojos en los tres jóvenes.
-¡Buenos
días! –dijo al fin. Posó sus ojos en Clave, y después en Evan-.
Vosotros debéis ser Evan Hedwings y Clave Abingdon, ¿me equivoco?
–ambos asintieron con la cabeza, y la mujer sonrió satisfecha-.
¡Encantada! Yo soy la directora del Holloway Road, Amanda Thompson.
La
llamada Amanda alargó la mano y estrechó efusivamente la mano de
uno, y después del otro. Entonces se giró hacia Gabrielle.
-¡Gabi!
Si quieres puedes ir subiendo, yo acompañaré a los chicos a clase,
¿de acuerdo?
-¡Otra!
–farfulló Gabrielle enfurecida. Parecía que realmente maldecía a
todo aquel que pronunciase ese apodo. La vampiresa miró a la
directora una vez más, con ojos desdeñosos y entró en el edificio.
Amanda carcajeó suavemente antes de continuar.
-Es
un placer teneros entre nosotros, muchachos –comentó-.
Especialmente a ti, Evan. Velvet me ha hablado mucho de ti. Un joven
con unas calificaciones tan brillantes, sin duda es idóneo para
estudiar aquí. –Evan notó sus mejillas arder. Estaba acostumbrado
a los halagos de otros, pero la lisonja de Amanda lo había
asombrado.
-G-Gracias…
Directora Thompson –agradeció el muchacho con desacierto. La
mujer, al oír aquello, abrió sus expresivos ojos como platos, como
si no se lo esperase-. He… ¿He dicho algo malo?...
-Oh,
¡no, no! –contestó mientras reía-. No es nada importante, es
sólo que prefiero que me llamen Amanda, así que no tienes por qué
emplear formalidades –Evan asintió, bajando los ojos-. Bueno…
¿Entramos? ¡Seguidme!
Amanda
Thompson lideró el paso y Evan la siguió, acompañado de un
impresionado Clave.
Holloway
College era aún más atractivo por dentro. El pasillo de la entrada
tenía colgadas las orlas de los antiguos estudiantes del lugar, y
algunos cuadros, probablemente obra de los alumnos de Bellas Artes. A
la izquierda había una ventanilla en la que asomaba un hombre de
aspecto cetrino y facciones angulosas, probablemente el encargado de
secretaría.
La
directora lo saludó con una cabezada antes de precipitarse escaleras
arriba, por una enorme escalinata de caracol de madera recién
barnizada, en cuyos pulidos peldaños relucía el fulgor del sol
naciente, que se filtraba por los ventanales.
-Vamos
al segundo piso –explicó la mujer, subiendo sin detenerse. Evan
enfocó la mirada en el pasillo del nombrado piso. Había aulas a
ambos lados de éste, aún con las puertas abiertas. Se escuchaban
los murmullos de los alumnos antes del comienzo de la presentación;
algunos lamentaban el final de las vacaciones, otros se alegraban de
empezar el nuevo curso para reencontrarse con sus compañeros-. Hay
escaleras en el ala izquierda y en la derecha también. A veces es
más inteligente tomarlas, porque hay aulas que están en las
esquinas de los pasillos y se llega rápidamente a través de ellas.
Vuestra aula es la 35, está situada a la derecha, casi al final del
corredor. Hay muchos alumnos que han optado por hacer letras puras
este año, así que no os faltará compañía.
Los
tres se encaminaron hacia la clase 35, donde un hombre alto y esbelto
esperaba en el marco de la puerta, con rostro indiferente. Se
colocaba las lentes cuando levantó la cabeza y saludó a Amanda.
Evan supuso que se trataría de un profesor… O mejor pensado, de su
tutor durante el curso. El hombre observó atentamente a los alumnos.
-Bien,
aquí tienes a los nuevos alumnos de este curso –le dijo la
directora. Su voz adoptó un tono más serio, más profesional-. El
resto corre de tu cuenta, Virgil –el profesor asintió ásperamente
con la cabeza-. ¡Pues nada! Evan, Clave, ya me contaréis cómo os
va en vuestro primer día. Espero que todo sea de vuestro gusto y os
sintáis cómodos, tanto con las clases como con vuestros compañeros,
¿sí? ¡Nos vemos! –Amanda se marchó apresuradamente hacia las
escaleras. Tratándose de la directora, tendría infinidad de cosas
por hacer… A Evan le entraba la pereza sólo de pensarlo.
El
llamado Virgil permaneció inmóvil unos segundos, sin apartar sus
ojos verdes de Evan y Clave. Su rostro serio esbozó finalmente una
mueca de satisfacción.
-No
sabéis cuán me agrada teneros en mi grupo de estudiantes, al
misterioso Clave Abingdon y al famoso sobrino de Velvet K. Hedwings,
Evan –repuso tranquilamente. Parecía que todo el mundo conocía a
Velvet… Evan se extrañó inexplicablemente por ello. Virgil se
apartó a continuación el flequillo rubio que le impedía ver con
claridad con su ojo derecho-. Mi nombre es Virgil Scarborough, y
desempeñaré el papel de vuestro tutor y vuestro profesor de
historia este año –el hombre carraspeó un poco antes de
continuar-. Podéis contar conmigo para lo que deseéis, ya sean
problemas vuestros, dudas que se os presenten a lo largo del curso…
Lo que sea, con tal de que os resulte más sencillo integraros, ¿de
acuerdo?
Los
muchachos asintieron y Virgil sonrió. Entonces, les invitó a entrar
en el aula con un movimiento de brazo.
Inmediatamente,
los alumnos dejaron de hablar y los murmullos cesaron. Cada
estudiante se colocó en un sitio, todos sumidos en el más absoluto
silencio. Evan y Clave se colocaron junto a la mesa del profesor y
observaron nerviosos los cientos de ojos que se posaban en ellos en
aquel instante. El aula era espaciosa, con los pupitres perfectamente
colocados de tres en tres, y con una hilera de ventanas a la derecha.
A
la izquierda había varios bloques con taquillas y percheros llenos
de chaquetas y abrigos. Al fondo de la clase se veían dos corchetes
llenos de papeles, anuncios y comunicados del centro. Virgil entró
en la clase con una postura adusta y se colocó junto a los dos
nuevos alumnos.
Todo
el mundo tenía la atención fijada en los tres.
-Buenos
días a todos –dijo el profesor seriamente-. Bienvenidos a un nuevo
curso en Holloway College. Como ya me conocéis, solo queda deciros
que este curso, aparte de ser vuestro profesor de Historia, también
seré vuestro tutor este segundo de bachillerato –Virgil carraspeó
antes de continuar y comenzó a pasearse por el aula, deslizando su
mirada suavemente por los rostros de sus numerosos alumnos-. Supongo
que ya habréis oído múltiples veces que este año será de vital
transcendencia para vosotros y para el futuro que os estáis
labrando. No quiero repetiros el discurso que ya os habrán dado; no
quiero sino animaros a trabajar durante el curso, a no aflojar el
ritmo de vuestros estudios, en aras de obtener los resultados
deseados. Después de todo, es por vuestro propio bien.
Los
alumnos se miraron entre ellos y murmuraron en voz baja durante unos
segundos.
-Bien
–prosiguió Virgil, girándose hacia Evan y Clave-. Este año
tendremos dos nuevas caras en este grupo. Tengo el placer de
presentaros a Evan Hedwings, el sobrino de uno de nuestros mayores
accionistas del centro –el chico se impresionó al oír ese dato.
No recordaba que Velvet le hubiese mencionado nunca que era
accionista de Holloway College-, y a Clave Abingdon, proveniente de
Gales. Espero que les recibáis gustosamente y les facilitéis una
estancia cómoda en el grupo, ¿de acuerdo? –se oyeron algunas
afirmaciones y risas entre los presentes, mientras los nuevos se
miraban el uno al otro, sin saber bien qué hacer-. Evan, Clave,
podéis sentaros en la cuarta fila, junto a la ventana, al lado de
nuestra delegada Leanne Steinberg. No dudo de que os llevéis bien
con ella.
Evan
y Clave anduvieron bajo las miradas de sus compañeros y se
dirigieron hacia sus respectivos sitios. La chica que respondía al
nombre de Leanne, de cortísimo cabello azabache y ojos afilados del
mismo color, se levantó y les apartó las sillas de la mesa, para
que pudiesen sentarse. Después retomó su sitio, centrando su mirada
en el profesor. Parecía una joven fría y cerebral, y la perspicacia
de sus miradas no se veía eclipsada por los cristales de sus gafas.
Los dos jóvenes tomaron asiento.
-Así
pues, comenzaré con una breve presentación de mi materia de este
año, y os proporcionaré información acerca de los temas que
trabajaremos y la dosificación de las puntuaciones.
De
repente Evan notó un pellizco en la espalda y se dio la vuelta lo
más disimuladamente posible. Se trataba de Flourite, sentada tras
ellos con Gabrielle y Evil, los tres juntos.
-¡Qué
bien que nos sentemos los unos cerca de los otros! –dijo con un
hilo de voz. Pero éste no la estaba atendiendo. No podía dejar de
mirar el bonito rostro de Flourite y fijarse en que no le faltaba un
ojo, sino que tenía los dos.
No llevaba ninguna venda en su faz o en sus extremidades, ni Evil,
sentado a su lado, tenía aquellas sanguinolentas heridas surcando su
pálida piel. ¿Cómo podría explicarlo…? Parecían humanos.
Evan sintió un leve desvanecimiento, incapaz de comprenderlo.
Estaba
confuso, ¿qué significaba aquello?
Virgil
sacó una enjuta carpeta de la que extrajo la lista de la clase, y
comenzó a nombrar a los estudiantes…
***
Riiiiiiing.
Un estridente timbre.
Los
estudiantes se estiraron y vitorearon el sonido que hacía eco en los
pasillos. Era la esperada hora del recreo. Virgil recogió sus
pertenencias y salió de clase, estirándose agotado.
Evan
se puso en pie notando el hambre, consecuencia de haber desayunado
una barrita energética. Rebuscó en su bolsillo pero se dio cuenta
de que la otra no estaba allí. ¿La había perdido?... Leanne
Steinberg le miró sin pronunciar palabra, y silenciosamente le
tendió una bolsa de papel.
-Toma
–dijo con un apocado pero agradable timbre de voz. Al muchacho se
le iluminó el rostro, pero inmediatamente negó con la cabeza.
-¿Me
lo das? No… No tienes por qué hacerlo, de verdad.
-De
verdad, no voy a comérmelo.
-En
serio, yo…
-Me
bastará con un café –insistió.
Palabras
las justas. Evan cedió ante aquella firme delegada y agarró la
bolsa agradecido.
-Muchas
gracias, Leanne.
La
chica se ruborizó ligeramente y negó con la cabeza, como aceptando
su gratitud a regañadientes. Miró al muchacho una última vez antes
de salir de clase a la velocidad del rayo.
-Vaya
–suspiró Evil, desde detrás de él-, qué actitud más sospechosa
–y miró a Evan de refilón, sonriendo con petulancia-. Parece que
le has gustado.
Éste,
en cambio, se encogió de hombros e ignoró su comentario, recogiendo
su mochila. Prefería al Evil resentido de hace unos treinta minutos,
cuando se quejaba de que en Holloway College tenía que usar su
odiado
nombre humano, ‘Owen’. Por lo menos, cuando se enfadaba se metía
en su mundo y se ponía a maldecir en voz baja. En ese sentido, era
bastante parecido a Gabrielle.
Los
cinco se reunieron en el pasillo, en el que los estudiantes iban y
venían, causando un tumulto ruidoso.
-¡Vamos
al patio! Tomemos algo y después vayamos a casa –sugirió Flourite
con voz dulce-. Así Evan podrá ver el patio y los jardines del
colegio, para irse acostumbrando.
-Me
parece perfecto –Evan abrió el paquete que le había dado Leanne y
extrajo un sándwich mixto, aún caliente-. ¿Dónde está Lena?
Clave
señaló el fondo del pasillo con la mano, y ahí estaba ella. Como
todos los entes, se la veía totalmente cambiada; ya no tenía
aquellas orejas puntiagudas ni su tupida cola de lobo. En su lugar,
vestía un traje gris humo y llevaba unas gafas de media luna y
montura plateada. La licántropo charlaba alegremente con otros
profesores. Evan dedujo que formaría parte de ellos.
-Lena
da clase en Holloway College –explicó Gabrielle, como si de pronto
hubiese leído la mente del chico-. Es la profesora de biología de
bachillerato. ¿Verdad que hoy viste muy elegante?
-Sí,
¿y qué hay de sus rasgos de lic…?
Flourite
alargó la mano rápidamente y tapó la boca al chico con tal fuerza
que incluso le hizo daño. Sus ojos azules verdosos brillaban de una
forma extraña, y por su expresión, parecía algo asustada.
-No,
no, Evan. Aquí no –respondió, sacudiendo la cabeza. Parecía una
madre regañando a su hijo-. Espérate a que salgamos al patio, ¿de
acuerdo? Porque veo que ni Gabrielle ni Clave te lo han explicado.
El
chico miró entonces a los entes. Todos ellos lo observaban sin
apartar la vista, como esperando una respuesta afirmativa. Era una
situación casi violenta, y él se sentía algo angustiado por la
hostilidad de los ojos que lo vigilaban. Se limitó a asentir
tajantemente con la cabeza, y el rostro de Flourite volvió a la
normalidad.
-Bien,
¿salimos ya?
El
grupo bajó por las escaleras al vestíbulo y salió por una de las
puertas laterales. Fue en aquel momento cuando los ojos de Evan no
supieron a dónde mirar: en la parte trasera de Holloway College eran
numerosos los establecimientos deportivos, las canchas de baloncesto
y los campos de tenis de hierba artificial. Había un enorme campo de
fútbol que cruzaba de lado a lado el patio, y estaba rodeado de
verde, de caminos a la sombra de los frondosos árboles y campos para
sentarse y disfrutar de los minutos de descanso. Al fondo del lugar
había un estanque circundado con rocas angulosas, y los nenúfares
flotaban en su superficie. Junto a éste, había un pequeño
chiringuito en el que se vendían diversos alimentos y bebidas,
además de varias máquinas expendedoras pegadas a su pared. Evil y
Gabrielle se adelantaron.
-Nosotros
iremos a por bebidas. Cogeremos refrescos para todos –dijo éste,
volteándose y caminando hacia el chiringuito con la vampiresa, ambos
sumidos en un silencio abrumador.
Flourite
y Clave guiaron a Evan al lugar en el que ellos solían pasar la hora
del recreo. Se hallaba situado enfrente de las canchas de baloncesto,
y era reinado por un enorme sauce llorón, cuyas gruesas raíces se
extendían por el suelo como si tuviesen vida propia. Su tronco,
ancho y alto derivaba en diversas ramas que, debido a su peso, se
apoyaban en el césped. Clave se subió hábilmente a una de ellas,
como un primate, y se sentó, dejando colgar sus piernas. Flourite en
cambio se colocó en una de las raíces, y Evan hizo lo mismo.
Hubo
un rato de silencio, y el chico supuso que estarían pensando cómo
explicarle lo ocurrido. No tenía ni idea de qué podía ser, pero
estaba ansioso por oír un esclarecimiento satisfactorio. Finalmente,
la muchacha se preparó para hablar.
-Verás,
Evan –habló con firmeza-, supongo que te habrás dado cuenta de
que hemos sufrido un
ligero cambio
en nuestra apariencia, ¿me equivoco? –Evan asintió
apresuradamente-. Pues todo esto es obra de tu tío Velvet.
Evan
abrió la boca para contestarle inmediatamente, pero se lo pensó
mejor y la cerró de nuevo. No obstante, arrugó la frente. Si tan
solo Velvet le hubiese contado aquello… Dio un mordisco al sándwich
y masticó con desgana. Entonces ella prosiguió.
-Antes
Virgil ha dicho que Velvet era un accionista, y, aunque no deja de
ser cierto que aporta un respetable capital al colegio, su objetivo
es más bien distinto. Él, con su tercer ojo, crea
una ilusión
en todo el perímetro de Holloway College –el muchacho asintió. No
podía hacer otra cosa que asentir y escuchar-. De esta forma,
nosotros, los entes de la mansión, cobramos un físico totalmente
humano. Eso nos permite asistir a las clases y continuar con nuestros
estudios, como seres normales de carne y hueso. De esta manera, nadie
sospecharía de nuestra apariencia.
-Velvet
ha hecho grandes cosas por nosotros –dijo Clave, esta vez. Su voz
sonaba agradecida, casi emocionada-. Nos ha dado un hogar, nos ha
alimentado y educado como si fuéramos parte de su familia. Y todo
eso sin pedir nada a cambio…
-Eso
es algo que no comprendí desde el principio –declaró Evan, algo
confuso-. No quiero sonar desagradable, pero… ¿Por qué razón
vivís con mi tío? Solo desearía saberlo.
-¡Él
nos acogió! –el rostro de Flourite se tiñó de un agradable
rojo-. Nos encontró y nos llevó con ellos, sin dar ninguna razón
concreta. Supongo que un hombre como él solo reclama compañía.
Cuando sus padres se divorciaron y discutieron las custodias, él y
su hermana Lilith vinieron a vivir con los abuelos. Cuando por fin se
arreglaron todos los papeles, se decidió que Lilith viviría a
turnos con sus padres; una custodia compartida. En cambio, dejaron a
Velvet en Highbury College –la chica se ensombreció ligeramente.
Se peinó su cabello con las manos mientras seguía-. Desde que
nació, nunca lo quisieron. Nunca, nunca jamás lo trataron como a un
hijo. Todo el cariño y el amor era para la pequeña Lilith, y no
para
su hijo anormal de tres ojos.
¿No es esta la peor condena para un niño diferente? Velvet siempre
ha estado solo, esperando la calidez sus seres queridos… Y nosotros
se la daremos siempre, es la moneda de cambio que merece.
Evan
no se veía capaz de hablar. Su corazón se sentía oprimido por un
dolor latente; ni su madre Lilith ni su tío le habían hablado jamás
acerca de aquello. Parecía como si le hubiesen intentado ocultar por
todos los medios aquella deprimente realidad. Velvet había sido
repudiado por sus propios progenitores, abandonado en cuanto
encontraron la oportunidad de hacerlo.
Y
en cambio, él, sin ningún rencor, llevaba orgulloso el apellido
Hedwings, del que incluso Evan se avergonzaba en aquel instante. Sin
dejar lugar a dudas, el sujeto llamado Velvet Kyle Hedwings era un
hombre excepcionalmente fuerte.
En
ese momento se dio cuenta de que Evil y Gabrielle habían vuelto hace
tiempo, con varias latas en sus brazos. Sus rostros eran serios, sus
miradas, vacilantes.
-¿Es
la primera vez que oyes esto? –preguntó Evil. Parecía algo
cohibido, un sentimiento poco natural en él-. Velvet ha sido toda su
vida un hombre marginado. Ha vivido a la sombra de su familia,
apartado por ella. Cuando sus abuelos murieron, continuó su vida en
la más dolorosa soledad –las palabras del ente eran verdades
hirientes como espadas-. En cierta manera, los entes somos iguales a
él. Siempre viviremos en soledad, después de nuestra muerte. La
naturaleza de un ente es, casi siempre, muy primitiva. Tenemos suerte
de habernos topado con Velvet. Es la única persona que nos ha
tratado con la misma humanidad que al resto de las personas, sin
importarle nuestra apariencia, ni nuestros poderes. El dolor que él
ha debido de sentir es comparable al nuestro: de ahí la mutua
empatía que hay entre nosotros.
-L-Lo
entiendo… -susurró Evan.
Evil,
en cambio, pareció molestarse por aquella respuesta. Se mordió los
labios con fuerza; sus ojos de reptil se estrecharon.
-No,
¡tú no lo entiendes! –gritó de repente. Como si la contestación
de Evan hubiese encendido en él una ira incontrolable, el ente se
acercó a él, mirándole con infinito desprecio-. Tú eres un humano
parcial
muy bien avenido… Tienes una familia, unos estudios impecables, una
vida sin ataduras y desbordante de felicidad… Cómo, dime cómo
puede
entender una persona dichosa la miseria de los demás. ¡Dímelo,
Evan Hedwings!
-No
todas las personas son tan dichosas como aparentan serlo –Evan se
puso en pie, a la altura de Evil. No permitiría que aquel joven
odioso volviese a pisotear su dignidad como si se tratase de un
objeto carente de valor-. Tú fuiste humano, ¿no es cierto? Entonces
debes saberlo. La felicidad de un sujeto es muy relativa.
Flourite,
Clave y Gabrielle bajaron la cabeza. No parecían muy dispuestos a
entrar en la disputa que se libraba entre Evil y Evan. En el aire se
respiraba hostilidad, un rencor chispeante.
-¿Relativa?
En cierto modo, lo es. Pero no se puede aplicar a ti. Un estúpido
muchacho feliz que intenta ser empático con los desventurados… Eso
es lo que tú eres.
Aquellas
palabras fueron las últimas que Evan Hedwings estaba dispuesto a
escuchar.
-Un
estúpido muchacho feliz que perdió a su padre delante de sus ojos…
Eso es lo que soy en realidad –dijo finalmente-. ¿Sabes, Evil? No
dejes todo el dolor para los que han muerto. Porque los que se van y
los que prevalecen sufren por igual.
No
le importaba cómo reaccionase Evil a eso. Solo quería dejarle claro
el sufrimiento que él había sentido también. Aquel ente se
empeñaba en ultrajar una y otra vez la existencia de Evan… Sin ni
siquiera saber de su tormento, continuamente hablaba de él y lo
prejuzgaba como si lo conociese. Él no podía soportar eso por más
tiempo. Como una olla a presión, finalmente había estallado.
Irremediablemente, había mostrado el desconsuelo más acerbo de su
corazón.
Evan
perdió la compostura y se alejó del lugar sin mirar atrás. Lanzó
el paquete de Leanne a la basura, sintiendo cierto remordimiento
después por ella. Volvería a casa… Pero esta vez sin nadie. Lo
último que quería era intercalar con alguien, en aquel momento.
Justo en aquel instante en el que cientos de imágenes pungentes
cruzaban su mente, instantáneas en las que un coche resbalaba por la
carretera en una noche lluviosa, sin ver a quien se llevaba por
delante… Los recuerdos se hacían más sólidos, erradicando
totalmente toda alegría que ésta albergase.
La
imagen de Jonathan Otterbourne tendido en el suelo, sin vida.
Después
de aquel accidente fatal, tanto Evan como Lilith renunciaron al
apellido Otterbourne.
Flourite
frunció el ceño y miró a Evil como reprendiéndole. Después
corrió detrás de Evan, perdiéndose entre la muchedumbre. Evil se
encogió de hombros.
-…
Quizá
se había pasado un poco.
***
-Lo
lamento mucho –suspiró Flourite. Como una hermana pequeña
enfadada con el mayor, estaba francamente disgustada con el
comportamiento de Evil. Lo conocía de hace un año. Sabía que su
actitud siempre era similar a la que había tomado con Evan; no
obstante, con aquel muchacho rozaba lo inverosímil.
Aquello,
francamente, la desilusionaba. A ella, que siempre había deseado la
perfecta armonía entre los integrantes de la mansión, le parecía
una sentencia sin par.
Evan
la miró incómodo, mientras ambos recorrían el camino a la mansión.
A pesar de su enojo, al ver la mueca abatida de ella se le ablandaba
involuntariamente el corazón. Flourite no había hecho nada; sin
embargo había cargado con la culpa de Evil, y había corrido tras
Evan para disculparse en su lugar. Aquel comportamiento le
reconfortaba y lo amargaba a partes iguales. Si tan solo Evil hubiese
sido tan valiente de acercarse y presentarle sus disculpas.
No,
negó con la cabeza. Él jamás haría eso.
-No
es tu culpa –respondió Evan al fin-. Así que, por favor, no te
disculpes. Es cierto que esperaba unas palabras de disculpa, pero no
tendrían por qué venir de ti, Flourite.
La
chica bajó la cabeza, con la misma expresión sombría de un reo
condenado a cadena de muerte. Probablemente no estaba conforme con la
postura de Evan. No se la veía dispuesta a continuar el trayecto en
silencio, con un ambiente de abatimiento flotando.
Por
esa razón se plantó delante del muchacho y le agarró de las
mejillas, estirándolas como si fuesen chicle.
-¡Anímate,
Evan! Borra esa expresión de pesadumbre, ¡no quiero verte así!
–como un coronel dando órdenes a sus soldados, la voz de Flourite
transmitía en aquel instante la misma autoridad. Evan se impresionó
ante aquel arrebato de la chica, pero eso lo indujo a asentir
repetidamente-. ¿Lo harás?
Asentimiento
otra vez.
-Muy
bien –Flourite lo soltó despacio, y volvió a sonreír-. Así me
gusta… No tienes que estar triste, ¿vale? Imagino que habrás
sufrido mucho con la pérdida de tu padre… Pero olvídate de una
vez. Seguramente, él no querría eso para ti –dijo gradualmente-.
Ignoro como pudo suceder, pero cuando perdemos a alguien, no debemos
retractarnos. Aunque nos hayan dejado, ellos desearían nuestra
felicidad… ¿No crees?...
Evan
notó sus ojos húmedos, pero no flaqueó. Se limitó a contestar con
un débil ‘sí’, mientras rodeaba a Flourite con un brazo. El
arranque de afecto que sentía hacia ella, que con tanta cordialidad
acudía a él y hacía que se esfumase su pesar profundo… Realmente
podía considerar a aquella pequeña como una valiosa amiga.
-Gracias,
Flourite.
Ambos
continuaron a paso lento, hablando de un amplio abanico de tópicos
que no tuviesen nada que ver con la ‘tristeza’.
-Welcome
to Holloway College-
martes, 27 de septiembre de 2011
. Lunario IV . -FACING A VAMPIRE [CEMETERY VERSION]-
Recién llegadas las cuatro, la puerta del cuarto de Evan fue golpeada con suavidad.
-¡Eeeeeeeevan! –era la vigorosa voz de Lena-. ¿Estás listo? ¡Nos vamos a entrenar!
El muchacho se levantó de la cama de un salto. Rebuscó velozmente en su armario hasta encontrar la sudadera que buscaba, y se la puso con un movimiento rápido. Después, tomó la pistola, comprobando que llevaba el seguro puesto, y la guardó en su bolsillo.
-Estoy preparado –dijo, saliendo de su cuarto. La licántropo asintió y entonces se precipitaron escaleras abajo. Ahí esperaban Velvet, Clave, Evil, Flourite y Gabrielle. La última se regocijaba en un espeso abrigo de lana, abrochado hasta arriba. Probablemente el tiempo no había cambiado desde la mañana; en el exterior seguiría haciendo un frío glacial.
-Todo en orden –declaró Velvet, colocándose su chistera y abrió la puerta de la mansión. A medias escondidas, los entes salieron en el exterior y el hombre cerró rápidamente la puerta. Éste llevaba en la mano un par de rosas de un atractivo color carmín. Parecían frescas, compradas recientemente-. Bien, rumbo al cementerio de Highbury Grove, chicos.
Evan creía haber oído correctamente, pero deseaba que sus oídos le hubiesen traicionado. ¿Entrenar en un cementerio? No tenía nada especial en contra, sólo que no le gustaban demasiado... No sólo por lo que simbolizaban, era, sobre todo, por los recuerdos que le traía de aquel fatídico día de invierno... El chico agitó la cabeza. Era mejor enterrar el pasado. Después de todo, acordarse de aquello sólo le ocasionaría sinsabores.
Todos juntos echaron a andar a buen paso por la calle, ojeando todos y cada uno de los lugares por los que pasaban. Avanzaron por Highbury Crescent, bordeado por aquellas campas de hierba cuidada y frondosa. Aquel parque tan grande y agradable, infestado de árboles, era cruzado por la calle de Queen’s Walk, pero en lugar de ir por allí, Velvet continuó recto y entonces torció a la calle de la derecha. Tras cruzar Highbury Fields y seguir hacia delante, llegó un momento en el que apareció ante ellos un cementerio gigantesco. El camino se prolongaba al otro lado de una impresionante puerta de hierro forjado. Velvet contempló el espacio fúnebre de arriba abajo. Oscuras paredes habían sido construidas a modo de fortaleza inquebrantable, impidiendo ver nada por encima de ellas. La puerta estaba adornada con dos pilares a sus lados, del mismo material. En la punta de éstos, dos gárgolas descansaban, alzando la cabeza, como reclamando los rayos de sol. Sobre la entrada rezaba la siguiente oración: Requiescat in Pacem.
El hombre empujó la puerta despacio, emitiendo ésta un fuerte chirrido, y todos cruzaron, quedando a su vez fascinados por el camposanto. Evan estaba impresionado. A pesar de tratarse de un sitio lúgubre, siempre sumido en la tristeza y el dolor, era hermoso. Se abrieron paso por una avenida rodeada de caminos serpenteantes, en la que se habían construido monumentos a grandes personalidades inglesas, entre los altos tilos en cuyas copas sonaba el canto de los pájaros. Las tumbas y los nichos estaban decorados con ramilletes de flores coloridas y objetos pertenecientes a los fallecidos. Miles de fotos con rostros felices rodeaban los panteones, tallados sobre reluciente mármol negro.
Al fondo del camino, rodeado de verde y de lápidas ornamentadas con flora y mensajes de recuerdo, había una pequeña iglesia esférica. Se veía claramente que pertenecía a la arquitectura de la época victoriana, pues se observaba su rica ornamentación arquitectónica, que además estaba construida con ladrillo. Sus puertas estaban colocadas entre largas pilastras adosadas, bajo un balcón sujeto por un par de ménsulas. Éstas estaban abiertas; decenas de personas entraban al sonido del redoble de sus campanas de cobre. Probablemente se trataba de un funeral, pues la mayoría vestía de negro, además de que lloraba en silencio.
-Bien –Velvet se giró hacia Evan y los demás-. Lena, por favor, llévales hasta el claro. Tengo algo que hacer antes del entrenamiento, estaré allí en un santiamén.
Lena asintió con la cabeza y todos contemplaron al hombre marcharse, algo apresurado y con las rosas en la mano, hasta que se perdió entre las lápidas y los árboles. Después se dirigieron al claro, tomando un camino angosto decorado por velas encendidas. Al final de éste se divisaba una pequeña llanura con más panteones, y probablemente era la única zona del cementerio con un aspecto algo más macabro. Había varias estatuas de ángeles de piedra, que formaban un círculo, rodeando una enorme cruz de piedra, llena de suciedad y musgo.
Los ángeles eran extremadamente pulcros, y el trabajo de su escultor había sido tan preciso que las suaves líneas de su rostro se asemejaban perfectamente a las de un humano.
Juntaban las manos en la usual actitud de orar. Evan se acercó a ellos, contemplándolos absorto, cuando Gabrielle se quitó su espeso abrigo y se lo arrojó a la espalda, cayendo después en el suelo.
-¡No te entretengas! –gritó, esta vez con un tono animado. Se preparaba para el entrenamiento, haciendo estiramientos de brazos y piernas-. Nosotros a lo nuestro, ¿recuerdas?
Evan asintió, sacando la pistola del bolsillo de su sudadera y le quitó el seguro. En ese mismo instante, notó aquel agudo dolor en sus ojos. El visor estaba activándose. El chico cerró los párpados suavemente, y al abrirlos de nuevo, todo se tiñó de un fuerte escarlata.
Todavía sin acostumbrarse a la sensación de ver con esos ojos, Evan frunció el ceño, algo incómodo. Entonces se vio reflejado en uno de los cristales de un panteón. Sus irises habían perdido el brillo; su retina izquierda se había convertido en un blanco. Le parecían los ojos de un francotirador… Le produjeron escalofríos.
La vampiresa entró en el círculo de ángeles de piedra, y el chico hizo lo mismo. Se contemplaron fijamente el uno al otro; en sus miradas se veía la determinación suficiente para encarar al enemigo, de abalanzarse el uno sobre el otro, con objetivo de salir victorioso de la batalla. Parecía que sus ojos chispeaban intensamente.
-Ya estoy aquí –Velvet apareció caminando con ligereza, y se detuvo a tomar un respiro junto a Lena y los demás. ¿Era imaginación de Evan o el rostro de su tío parecía ensombrecido?-. Bien, Evan. Esta vez he decidido que entrenemos aquí por dos razones de peso; una, el espacio de la mansión es totalmente insuficiente, y dos, tenemos que simular una batalla de verdad. Con esto quiero decir que todo será más serio que esta mañana –suspiró-. Hemos de enseñarte rápido a manejar todo tu potencial, para que pronto estés preparado para recibir misiones. No podemos demorarnos mucho en ese asunto.
>> Lo que tienes que pulir ahora es la discreción. Como bien entenderás, los humanos totales son enteramente ajenos a la existencia de los entes paranormales. Pueden verlos, sí, pero creen que su coexistencia no va más allá de los mitos o los cuentos para asustar a los niños, así que lo mejor es no darles pistas sobre ello, ¿no? Imagínate lo que sucedería si un humano tuviese un encontronazo con un ente. ¿No sería un shock fatal para éste? Enfrentarse a un ente es el doble de peligroso si hay humanos alrededor, o cerca de la batalla. Tienes que aprender a manejar la situación y a alejar la batalla de ellos. La WPA está trabajando en diferentes artefactos para provocar este tipo de accidentes, pero hasta entonces, solo podemos confiar en que lo hagas bien. Es un factor importantísimo que, de salir mal, puede acarrear varios problemas, y pueden dejar de sopesarse esperanzas en ti como investigador –explicó, totalmente serio.
Evan bajó la cabeza, mudo, y después asintió. La explicación le había asustado un poco, pero no debía dejarse llevar por sus emociones. Su tío le sonrió entonces.
-¡Venga, muchacho! Este es un arduo camino que tendrás que recorrer –señaló-, pero sé que vales para ello. Bueno, vamos al grano. Este entrenamiento acabará cuando yo lo vea conveniente.
Todos salieron del círculo de ángeles a excepción de Gabrielle y el chico, que volvieron a intercambiar una última y punzante mirada antes del agudo sonido del silbato.
Gabrielle emitió una risita macabra y se movió a velocidad de vértigo, desapareciendo entre las lápidas mortuorias en un santiamén. A Evan le costó reaccionar a aquello: ¿pretendía que jugasen al gato y al ratón por todo el cementerio? Vaciló un instante, y acto seguido echó a correr siguiendo la estela de la vampiresa, perdiendo de vista a su tío y los demás.
Se hallaba algo confuso. Nunca antes había visto un cementerio como tal, era tan grande, tan caótico como un laberinto. Parecía que, de dar un paso en falso, no volvería a encontrar la salida jamás entre esos senderos selváticos. Evan sujetaba su arma con firmeza. Su visor era incapaz de captar nada ante él… Ladeó la cabeza, pero no había nadie detrás.
Estaba totalmente solo.
Entonces las dudas asaltaron su cabeza. ¿Qué hacer? ¿A dónde dirigirse? Francamente, le frustraba su propia incertidumbre, de modo que siguió caminando. Tenía que ocurrírsele una solución, tarde o temprano.
***
Chask.
Evan volvió a girarse sobre sus propios pasos.
No había nada, había sido él mismo el que acababa de pisar una ramita. Respiró hondo y siguió caminando. A su paso no había más que nichos, algunos de ellos vacíos y sin limpiar, pues las telarañas adornaban su interior. Estaba realmente inquieto… Hacía unos veinte minutos que había salido corriendo tras Gabrielle, pero inmediatamente la había perdido. Ni rastro de ella, no importaba por dónde caminase y en qué dirección. No había más que tumbas, lápidas, nichos, incesable maleza, el revuelo de las aves, las campanas de la iglesia.
Todo tu potencial. Las palabras de Velvet resonaban con fuerza en su mente. ¿Qué querría decir con eso? ¿Había más acerca de su propio poder, algo más que él no conocía? El muchacho se preguntó qué harían los investigadores cuando se encontraban en una situación como aquella, en la que el enemigo, un peligroso cazador, acechaba a la presa desde las sombras.
<< El cazador no será cazado >>, pensó Evan. Cerró los ojos y se olvidó de todo lo que había a su alrededor. Tenía que concentrarse. ¿Qué habría hecho él de haber sido Gabrielle? Quizás si pensaba como aquella vampiresa hostil e irascible, que tan escurridiza resultaba… Quizás entonces, el chico podría dar con la respuesta.
Gabrielle…
De pronto, escuchó unos pasos cerca de él. Evan se apresuró y ocultó su presencia detrás de una enorme lápida, con todo el sigilo posible. Inhaló aire y, tumbado en el húmedo césped, asomó levemente la cabeza.
Pero no.
No era Gabrielle. Tampoco era su tío Velvet, ni Clave, ni Lena, ni Evil, tampoco era Flourite.
Se trataba de dos mujeres desconocidas, y de edad avanzada. Las dos iban vestidas de negro. La primera de ellas, cubierta por un velo negro, sujetaba un pañuelo mientras sollozaba de forma ruidosa. Posiblemente sería una plañidera. La mujer que estaba a su lado iba exageradamente maquillada y recogía su cabello canoso en un moño apretado. Llevaba un ramillete de flores, probablemente para colocarlo en alguna tumba.
El sonido de las campanas debía marcar el final de la misa.
Era posible que aquello formase parte del entrenamiento. Después de todo, Evan tenía que luchar contra Gabrielle en un lugar en el que abundaban los humanos. Ajenas a lo que se cernía sobre ellas, las mujeres caminaban pausadamente, como si de una marcha fúnebre se tratase.
De pronto, Evan abrió los ojos como platos. Tras las desconocidas, andando tan silenciosamente que nadie se percataría de su presencia, Gabrielle las seguía con una sonrisa infantil en su rostro blanquecino. Miraba a Evan con sus ojos carmesíes reluciendo de una forma un tanto bizarra. El chico agarró su pistola, pero su cabeza se llenó de dudas. ¿Debía disparar? Ella le estaba incitando a hacerlo, pero… ¿Y qué ocurría entonces con aquellas señoras? No… No podía arriesgarse.
Pero Gabrielle pareció leerle la mente, y se deslizó lentamente hasta colocarse tras la plañidera, que entre lloriqueos no pareció darse cuenta de nada. Abrió la boca, mostrando su perfecta mandíbula nacarada, y la acercó al arrugado cuello de la mujer. Miró una última vez a Evan, como si esperase algún movimiento por su parte. Sus dientes casi rozaban la piel…
El chico vaciló nuevamente. ¿Y si le descubrían? Discreción. Discreción. Discreción. Tenía que ser discreto. Escondiéndose tras la lápida, resopló. Entonces, sin estar muy seguro de si surtiría o no, alzó el brazo, pistola en mano, y disparó hacia arriba.
El efecto pareció ser el deseado. Segundos después asomó la cabeza y solo observó cómo las mujeres se miraban la una a la otra, desconcertadas por el ruido sordo que acababan de escuchar. No había rastro de Gabrielle. Probablemente, al oír el disparo habría huido de nuevo. La bala aterrizó, inofensiva, junto a las piernas del muchacho.
Evan se recostó en la lápida y se tranquilizó, mientras esperaba a que las señoras abandonasen el sendero para seguir con su búsqueda. Había franqueado un obstáculo, pero volvía a andar a ciegas por el interminable cementerio de Highbury Grove. Entrenar allí se le estaba haciendo más complicado de lo que él había sido capaz de imaginar. Tenía que tener cuidado de no ser asaltado por sorpresa, a la vez que se mantenía alejado de ojos humanos. Además, comenzaba a notar el cansancio en su cuerpo, pues le costó bastante incorporarse.
El sendero derivaba en un camino de piedra, acompañado por altas farolas de color negro, aún sin encender. Al fondo de éste, la gente se movilizaba despacio, llevando entre cuatro el ataúd del fallecido. El cura les acompañaba a enterrarle. Evan estaba se percató entonces de que el funeral había terminado ya, por lo que se alegró. Si la multitud se marchaba, resultaría más sencillo enfrentarse a Gabrielle. Aquella endemoniada vampiresa huidiza… Seguramente estaría pasándoselo tan bien como una niña jugando a su libre albedrío con su muñeca. Estaba haciendo lo que quería con Evan. Lo tenía totalmente a su merced, perdido y desconcertado, preguntándose si cada minúsculo paso que daba sería el correcto. Lo tenía encerrado en su casita de muñecas, que era el enorme cementerio. ¿Cuándo se atrevería a dar la cara, para terminar de jugar de una vez?
En aquel momento a Evan comenzó a dolerle con intensidad el ojo derecho. Se paró en seco y se llevó las manos a la cara, palpándose el párpado. ¿Había captado algo? Podía ver cómo sobre las farolas se encendían pequeñas y tintineantes llamitas de color azul turquesa. Al principio no comprendió el por qué, pero inmediatamente después se dio cuenta de lo que aquello significaba. Fijó el blanco en una de la farola más cercana y disparó repetidas veces con temple. Entonces, un murciélago bañado en sangre levantó el vuelo con torpeza.
¡Por fin había dado con Gabrielle!
Desde las farolas obtenía una vista satisfactoria del lugar y podía controlar los movimientos de su adversario, pero si se subiese a ellas manteniendo su forma humana sería rápidamente detectada. La vampiresa había aprovechado la semejanza de colores entre las farolas y sus quirópteros, y también su pequeño tamaño, para ocultarse en ellas y observar. Pero Evan había descubierto su ingeniosa treta. La suave voz de la vampiresa resonó en el cielo, respaldada por la danza de miles de murciélagos.
-¡Eres listo, como yo pensaba! Parece que sabes seguirme el juego –replicó con un tono que transmitía cierta satisfacción. Evan esbozó una sonrisa, halagado. Los animales se juntaron retomando la forma humana de Gabrielle, que flotaba en el cielo, con sus cabellos extendidos en él como si fueran las serpientes de la Gorgona Medusa-. Bien… ¿Qué tal si seguimos con el entrenamiento? –la vampiresa descendió despacio, hasta que la suela de sus playeras tocó el suelo de fría piedra. La sangre salía a borbotones de su brazo izquierdo. Esta vez el disparo le había dado de lleno.
Evan levantó la pistola, pero Gabrielle no huyó esta vez.
Se lamió sus afilados colmillos antes de señalar el fondo del camino, en el que ya no había nadie.
-¿Qué tal si terminamos con esto en la iglesia? Te espero allí –y entonces volvió a convertirse en el oscuro manto de murciélagos, que sobrevolaron el cementerio hasta desaparecer.
El chico obedeció y corrió hacia la iglesia. Quería terminar ya… Estaba algo mareado. Quizá se debía al haber utilizado su poder durante un largo período de tiempo… tenía la vista muy cansada y sus ojos parpadeaban con frecuencia. Pero tenía que aguantar. No podía derrumbarse en pleno entrenamiento. ¿Qué clase de investigador pretendía ser, si no?
La iglesia tenía la puerta entreabierta, y la luz del día era lo único que iluminaba su interior. Evan abrió la puerta lentamente, para no hacer demasiado ruido, y escrutó todos y cada uno de los lugares de la estancia. No había nadie en los bancos, ni en el confesionario. El altar tenía todas sus velas apagadas y no dejaba ver el trabajo que se habría invertido en el retablo dorado de la pared. El muchacho se paseó con cautela en el oscuro sitio vacío, encaminándose hacia el altar.
Entonces sintió otra punzada de dolor y se encontró con los ojos de Gabrielle, que le saludaba ondeando la mano desde el púlpito de madera. Su herida del brazo estaba totalmente curada. Parecía que no le hubiesen disparado en ningún momento.
-No te has manejado mal para evitar que mordiese a aquella molesta plañidera, he de reconocerlo –cerró sus párpados y planeó velozmente desde donde se encontraba hasta la nave central, colocándose justo delante de Evan. Su cabeza descendió hasta el cuello del joven, mientras le agarraba por los hombros para inmovilizarlo. Abrió la boca de tal modo que parecía que su diabólica mandíbula fuera a cerrarse en la garganta del chico y despedazarla-. No obstante… Si tus reacciones son taaaaaaaaaaan lentas… Morirás en breves seg… -la vampiresa enmudeció súbitamente, mientras su rostro palidecía considerablemente. Evan nunca había presenciado antes aquella expresión de susto.
Gabrielle empujó a Evan hacia atrás con rudeza, mientras contemplaba horrorizada la sangre que chorreaba por un orificio redondo de su vientre. ¡No se había dado cuenta! Estaba tan ensimismada con el chico que ni siquiera había prestado atención al sonido del disparo.
-Y si tus reacciones son tan confiadas –repuso éste- asestarte un tiro resulta algo muy sencillo. –le quedaban tres balas. Lo más adecuado sería utilizar una de ellas para mantener a Gabrielle a raya, y las restantes para disparar a dar. Si eso fallaba, entonces ya improvisaría… Pero hasta entonces tenía que intentarlo.
La vampiresa corrió y alargó el puño, rozándole en la mejilla. Éste se desplazó para esquivarla y disparó una vez a los pies de ésta, que saltó para esquivarlo. Entonces, una vez estaba en el aire, Evan apuntó con el blanco y volvió a disparar, acertándole en el abdomen. Esta vez el impacto fue potente, y el grito desgarrador de Gabrielle hizo un eco ensordecedor en la iglesia. Enrojecida de ira, ésta se abalanzó sobre el chico, y él, cuando intentó evitarla, sintió como sus piernas le fallaban y recibía una fuerte patada en el estómago.
Sus fuerzas…
Evan cayó de bruces al suelo y comenzó a toser de forma sofocante. No acababa de comprender lo que había pasado… Pero estaba agotado. Alzó la vista hacia Gabrielle, cuya cara se retorcía de agudo dolor, cuyas manos ocultaban la profunda herida de bala. La sangre goteaba entre sus finos dedos. La visión del chico se tornó borrosa de repente, y sintió cómo todo su vigor se esfumaba como el viento.
Sus dedos se aflojaron y soltaron la pistola, mientras notaba un hormigueo en sus ojos y el visor se desvanecía despacio…
-¿Evan? –Gabrielle le miró, atónita.
Pero él ya no escuchaba. Sus ojos parpadeaban constantemente, estaba exhausto… Aunque quiso resistirse a aquello, terminó por cerrarlos.
***
-Uh…
Evan se incorporó y notó un gran dolor de cabeza.
Estaba arropado por una enorme manta que le asfixiaba de calor, tendido en la cama de su cuarto. Las persianas estaban bajadas y no entraba un haz de luz. La única iluminación que había en el cuarto era la del chispeante fuego de la chimenea encendida.
El muchacho se dio cuenta entonces de que llevaba puesta la ropa del entrenamiento y se deshizo rápidamente de la sudadera. Entonces miró al espejo, y vio a Klaus en él, sentado a su vera, son aquella eterna sonrisa risueña.
-¡Por fin despiertas! –comentó. Parecía enormemente aliviado-. Buf, el susto que debió llevarse Velvet cuando vio que Gabrielle te llevaba a horcajadas…
-¿Gabrielle? –repitió el chico atónito-. ¿A mí?
-¡Sí! ¿Tan raro es? –no daba la impresión de que Klaus se enterase de lo raro que era ver a Gabrielle preocupada por algo o alguien-. En fin, ha debido ser duro entrenar con tanto ímpetu el primer día… Tanto que ni me extraña que hayas caído agotado, me parece a mí––
-¡Evan, Evan! –Velvet interrumpió la conversación dando un portazo ensordecedor y entrando en la habitación. Sus ojos brillaban con tal resplandor que parecía que fuesen a romper a llorar en cualquier momento-. Madre mía, estás bien… ¡Menos mal! –el hombre abrazó a Evan con tanta fuerza que éste pensaba que iba a ahogarse-. Te has excedido… No pensé que sucedería en el segundo entrenamiento, pero has llevado tus poderes al límite. Con este tercer ojo he podido observar vuestra batalla e igualmente, lo has hecho muy bien. ¡Solo falta pulir algunas cosas! Como tu técnica, y también la lucha cuerpo a cuerpo.
Evan se estremeció al escuchar ‘cuerpo a cuerpo’. Siempre había sido un completo inepto para eso.
Velvet se miró en el espejo, para sentarse en la cama sin molestar a Klaus, y miró a su sobrino, enorgullecido.
-Me alegro de que seas uno de los nuestros, Evan… Pero, ¿de verdad que es esto lo que quieres? No quiero que lo hagas obligado… Tampoco que lo hagas si no estás cien por cien seguro de ello –preguntó, con cierta seriedad en su tono. Evan negó con la cabeza.
-¡Claro! Estoy seguro de ello… -el chico ladeó la cabeza y vio su pistola en la mesita de noche-. De todas formas, alguien tiene que luchar contra los entes, y me alegro de poder ayudar en la causa. ¿Qué sentido tiene contemplar el espectáculo con los brazos cruzados…? Además, no importa si soy investigador o no. Sólo por el poder que mi alma contiene, ya corro peligro, ¿no es eso?
-Lo has captado perfectamente –repuso Velvet, y acarició la cabeza de su sobrino-. Por eso, estos últimos días antes del curso, ¡entrenaremos mucho! Tu rendimiento hasta ahora ha sido satisfactorio. Y así no habrá ente que pueda hacerte frente. Bueno, voy a bajar a por tu cena, que supongo que tendrás hambre.
El muchacho no se había parado a pensarlo, pero su estómago rugía con más insistencia que un fiero león ansioso de cazar.
-¿Ves? –rió su tío-. Y antes de que se me olvide. Mientras descansabas aquí, fui a recoger el resto de tu material escolar, por lo que no tienes que preocuparte de eso, ya lo tienes todo listo para el comienzo del curso, ¿de acuerdo?
-Muchas gracias, tío –agradeció Evan, y se impresionó a sí mismo al haber llamado ‘tío’ a Velvet, ya que no solía hacerlo. Él también pareció no habérselo esperado, pero sonrió al oírlo.
-¡Y otra cosa más! –dijo Velvet cuando cruzaba el marco de la puerta. Volvió a entrar en tromba al cuarto y rebuscó algo en el armario. Sacó dos perchas inmediatamente, cada una con un traje diferente-. ¡Tacháaan~! ¿Te gustan? Mira, el izquierdo es el uniforme de ‘Holloway College’ –el primero estaba compuesto por una camisa blanca de manga larga y un pantalón granate, a juego con la corbata del mismo color. Sobre la camisa había un jersey color marrón claro-, y este otro es tu uniforme de investigador, ¡ni más ni menos que diseñado por mí mismo! Todas las compañías confeccionan el suyo propio, así que he aquí el resultado de tardes y tardes comiéndome la cabeza en busca del uniforme ideal. ¿Qué me dices?
El uniforme de investigador se componía de un smoking negro, una camisa blanca impoluta y una corbata roja. Evan lo observó estupefacto. No le gustaban nada los smokings, y sin embargo, tendría que ponérselo para luchar… Suspiró levemente.
-V-Velvet –balbuceó el chico, petrificado aún-. No te ofendas, pero…
Tragó saliva.
-…Tienes un gusto horrible.
-Facing a Vampire [Cemetery Version]-
-Continuará.
~Nota de la autora~
El Londres presentado en Black·Moon~Maison es fiel al verdadero, a excepción de lugares ficticios como la mansión de Velvet, Holloway College o el cementerio de Highbury Grove (ya que Highbury Grove, en efecto, existe). Este camposanto pertenece a la ficción, pues en realidad son siete los cementerios más importantes de Londres, y no ocho.
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